DACA cuatro años después

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Hace cuatro años, junto con mis colegas en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca vi al Presidente Obama anunciar una nueva acción para hacer que nuestras políticas de inmigración fueran más inteligentes y más representativas de nuestros valores como nación.
Esta acción, la ley de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), establece una vía para que los jóvenes que fueron traídos a Estados Unidos cuando eran niños pudieran solicitar un alivio temporal a la deportación según cada caso, si pueden demostrar que cumplen varios criterios.
Como dijo el presidente ese día, a los jóvenes beneficiados por su anuncio “son americanos en sus corazones, en sus mentes, en todos los sentidos, menos uno: en el papel.”
Sabíamos estando allí de pie que DACA sería impactante, tanto para las personas que vendrían en adelante, como para el resto de nosotros que somos sus familiares, amigos y vecinos.
El impacto que los receptores de DACA han tenido en sus familias, comunidades y en nuestra nación sólo puede ser descrito como extraordinario.
Son estudiantes, educadores, médicos y abogados; cerca de 730,000 beneficiarios de DACA aspirando a ser estadounidenses, cada uno con una historia única.
Ellos saben, tal vez mejor que nadie, que para todos los efectos, DACA no es una solución permanente a los problemas de inmigración de nuestra nación. Está muy lejos de serlo. Todavía necesitamos que el Congreso haga su trabajo y que arregle nuestro sistema de inmigración.
Pero la promesa que veo en los ojos de los receptores de DACA que me encuentro renueva mi esperanza de que es posible, y ofrece una visión de lo que podríamos lograr para el país cuando finalmente se logre una reforma legislativa.
Gracias, Cecilia Muñoz, directora del Consejo de Política Nacional, la Casa Blanca


DACA four years later

Four years ago, I stood with my colleagues in the White House Rose Garden watching President Obama announce a new action to make our immigration policies smarter and more representative of our values as a nation.
This action, the Deferred Action for Childhood Arrivals (DACA) policy, establishes an avenue for young people who were brought to the United States as children to request temporary relief from deportation on a case-by-case basis if they can demonstrate that they meet several criteria.
As the President said that day, the young people impacted by his announcement “are Americans in their hearts, in their minds, in every single way but one: on paper.”
We knew standing there that DACA would be impactful, both for the people who would come forward, and for the rest of us who are their families, friends and neighbors.
Even so, the impact DACA recipients have had on their families, communities, and our nation can only be described as extraordinary.
They are students, educators, doctors, and lawyers; close to 730,000 DACA recipients are aspiring Americans, each with a unique story.
They know, perhaps better than anyone, that for all of its impact, DACA is not a permanent solution to our nation’s immigration problems. Far from it. We still need Congress to do its job and fix our immigration system.
But the promise I see in the eyes of DACA recipients I meet renews my hope in what’s possible, and offers a glimpse of what we might achieve for the country when we finally achieve legislative reform.
Thanks, Cecilia Muñoz, Director of the Domestic Policy Council, The White House

 

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